París fue su cuna, pero abrazó la bandera argentina y acompañó su hazaña en Ámsterdam. En 1928, Carmelo Félix Camet conquistó una medalla de bronce en esgrima y prolongó una historia familiar ligada a los pioneros del deporte nacional.
La esgrima argentina encuentra en Carmelo Félix Camet a uno de sus nombres ilustres. Especialista en florete, supo abrirse camino entre los mejores de su disciplina y alcanzar un lugar en el podio olímpico, cuando el deporte nacional comenzaba a escribir algunas de sus páginas más recordadas en las grandes competencias internacionales.
Hijo de Francisco Camet, primer deportista argentino que participó en unos Juegos Olímpicos, Carmelo llevaba en su historia familiar una marca singular. Aquella herencia deportiva encontró continuidad en su propia trayectoria, con una conquista que quedó registrada para siempre en los anales del olimpismo argentino.
El escenario de su consagración fue Ámsterdam, en 1928. Allí, defendiendo los colores de la Argentina, obtuvo la medalla de bronce en la prueba de florete por equipos. El resultado representó un reconocimiento a la destreza, la precisión y el temple necesarios para sobresalir en una disciplina donde cada movimiento exige concentración y dominio técnico.
Su nombre quedó asociado a una generación que abrió camino para los atletas argentinos en el concierto olímpico. En una época en la que cada participación internacional significaba un desafío mayúsculo, aquella presea tuvo un valor especial.
Carmelo Félix Camet partió en Buenos Aires el 22 de julio de 2007, a los 102 años. Había nacido en París el 29 de octubre de 1904. Su nombre conserva el brillo de aquella jornada neerlandesa en la que la esgrima argentina subió al podio y él se convirtió en protagonista de una página perdurable del deporte nacional.

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