Nació en Avellaneda, creció entre cartones y privaciones, y encontró en el boxeo el camino hacia la gloria. El 1 de marzo de 1966, en Tokio, alcanzó la corona mundial mosca. Se retiró campeón, con una historia de coraje que todavía resuena.
El destino no suele regalar nada. A Horacio Accavallo le cobró cada conquista con sudor, sacrificio y unos cuantos golpes antes de permitirle levantar los brazos. Nacido el 14 de octubre de 1934, en Avellaneda, aquel muchacho que juntaba cartones en «La Quema» aprendió temprano que la vida también podía ser un combate... pero sin campana.
Hijo de inmigrantes, conoció los oficios más diversos: fue lustrabotas, botellero y hasta trapecista. Pero desde los ocho años llevaba una ilusión entre ceja y ceja. Quería ser boxeador. Y fue.
El 1 de marzo de 1966, en Tokio, se enfrentó con el japonés Katsuyoshi Takayama por el título mundial mosca, vacante para la AMB y el CMB. Un golpe inesperado, antes de que el combate tomara su curso, no lo sacó de su libreto. Accavallo respondió con inteligencia, coraje y una izquierda que fue escribiendo su propia sentencia sobre el ring. Tras quince asaltos, la decisión dividida lo consagró campeón del mundo.
El Luna Park lo recibió como a uno de los suyos. Allí defendió la corona frente a Hiroyuki Ebihara y, en otra batalla memorable, ante el mexicano Efraín «El Alacrán» Torres. Fueron noches de guantes, tensión y orgullo nacional.
El 11 de octubre de 1968 colgó los guantes sin entregar el cinturón. Su campaña cerró con 75 triunfos, dos derrotas, seis empates y 34 nocauts. También supo cuidar lo ganado, acaso otra forma de vencer.
Accavallo partió el 14 de septiembre de 2022. Quedaron sus hazañas, su ejemplo y aquella certeza: desde el barro de «La Quema» también se podía llegar a la cima del mundo.

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